martes, 28 de mayo de 2013

EL DESPERTAR DE LOS COBARDES.

Empezaron sublevándose las ojeras, provocando una huelga en contra de los insomnios que alimentaba con cafeína, mientras mantenía un pulso de miradas a su pensamiento abstracto, retándose mutuamente por ver quién es capaz de pasear más idioteces por esa cabeza anhelante de sueños.

"Escúchese", repetía una voz en mi fuero interno.

Y deslicé la piel bajo las sábanas de terciopelo; las mismas que cada noche observaban boquiabiertas la danza de desvelos que originaban mis pies patinando por el colchón, presumiendo de no entender de quietud.

Un parpadeo tras otro, y otros cuantos más.

Las pestañas se cansaron de mantener la constancia del aleteo y el continuo golpear a las inferiores para quedarse, al fin, entrelazadas las unas con las otras, impidiendo a los ojos ver más allá de las puertas cerradas de la realidad, integrándose en la más idílica de las fantasías.

"Me alegro de verte", susurró el febrero que emocionó a Cupido.

Inmersa en mi más absoluta ignorancia, dormía en el paralelo mundo de los sueños. Medí un abrazo a mí misma, mientras daba saltos eufóricos de quinceañera por verle a él paseándose en calzoncillos por su vida, entrando sin pedir permiso y recogiendo los besos que iba dejando colgados en la percha, para ponerse uno diferente cada día. Y qué decir de sus manos. Para qué hablar del enredo que mantenían sus dedos con los míos. El olor de su cuerpo. El versar de su sonrisa. El silenciar de sus ojos. Y ellos, queriéndose.

Las siete. El despertador retumbaba en mis oídos como la explosión de una bomba entre cuatro paredes desangrándose de miedo. Miedo a estar despierta, miedo a no tenerle tan cerca, tan suyo. Miedo a la realidad. Miedo a sus propios miedos.

"Cobarde", me dije al fin.

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